17 jun 2014

Escribir sin razón

Esa extraña necesidad de escribir sin tener ni idea de qué. Estaba, hace cinco minutos, tratando de escribir un poema sobre la belleza y el recuerdo de aquella dama tan poco recurrente en mis sueños pero dueña de mi conciencia y mi inconsciente. Ahora, intentaba escribir algo sobre este día, tan aburrido y simplón desde el comienzo, en lo cual proclamara mi intención de transformarlo en algo único.

No puedo, sin embargo, hallar respuesta alguna a la pregunta: ¿qué escribo? Mas creo que acabo de responderla: cualquier cosa. ¿Cualquier cosa? ¿Qué cosa entonces? Pues cualquiera. ¡Qué más da! Espero que no te importe, querido lector, que me sincere contigo en cuanto a mis retorcidas palabras. Palabras retorcidas porque a menudo significan más de lo que quieren decir. A veces hasta ni siquiera yo me doy cuenta de lo que realmente quiero decir hasta que lo he dicho, así que es comprensible que su complejidad dificulte su entendimiento.

¿Qué estoy haciendo? Escribo. Escribo dejándome llevar, no sé qué escribo. ¿Qué puedo escribir? No sé siquiera si soy capaz de hacerlo. ¿Estoy escribiendo o pensando con los dedos? No lo sé. No me importa. ¿Sigues leyendo? ¿Por qué lo haces? Tendrás tus razones. Espero que esto sea de tu agrado, jinete. Espero que tu caballo o yegua se hallen cómodos en su correspondiente establo. Seguro que tienen buenos sirvientes cuidándolos; lo merecen. Nobles bestias los equinos.

Un laberinto. En eso creo estar. Cuando trato de escribir sin más, sin razón ni objetivo, me imagino que estoy en un laberinto pues simplemente avanzo, escribiendo una palabra a cada paso que doy. A veces me toca volver atrás y hablar de nuevo sobre un tema, otras ando en círculos por lo que sigo dándole vueltas a lo mismo. A veces ni siquiera sé cómo he llegado hasta ese lugar, a hablar sobre eso. Me voy por una rama distinta a cada minuto, nunca sigo el mismo camino. Tantos pasillos, tantas paredes, tantas puertas que abrir y parece que nunca logro avanzar pues siempre me hallo en lo mismo. Cuando se hace de noche, me muevo a oscuras ya que no tengo antorcha ni lámpara que me guíe o me ayude a saber dónde piso. A veces la Luna escapa del yugo de las nubes para iluminar un poco mi camino; pero siempre está nublado. Las estrellas son un bien escaso: el público que se queja de que el partido está en pausa pero no se levanta de sus asientos sino espera. Espera por siempre. ¿Dónde estoy? ¿A dónde voy? ¿Estoy cansado o quiero seguir? No lo sé. ¿Hay alguien ahí? Nadie responderá. ¿Estoy solo? Desde luego, lo parece. Las paredes ya conocen mi rostro y se han hecho poseedoras de una porción de mi piel. Empiezo a pensar que los pasillos me ofrecen su amistad. Odio cuando se cierran en banda y me obligan a volver atrás, aunque me alegro por ello pues me permitirá conocer a otro que, puede, me acompañe hasta el final del laberinto. Estos son los más difíciles de encontrar mas puedo enorgullecerme de haberme topado ya con unos cuantos. O eso creo. O eso quiero creer. ¿Dónde voy? ¿Qué hago? Empiezo a estar cansado, pero voy a seguir. Oigo una voz. Una voz dulce, una voz armoniosa. El sonido es leve, distante, tan distante que buscándolo no he dejado de encontrarme con caminos cerrados. Algún día la alcanzaré.

Vaya, vaya. Dejarse llevar puede dejar paso a cosas realmente extrañas, curiosas, interesantes o estúpidas. Qué se yo. Podría continuar, pero prefiero dejarlo hasta aquí, no vaya a ser que comience a escribir una enciclopedia de los recovecos de mi mente de golpe y no tenga suficiente tinta.

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