Un joven se haya hablando con un anciano sentados en cómodos
sillones rojos junto la chimenea en una sala amplia habitada por estanterías,
libros y las palabras que en ellos reposan.
-¿Alguna vez has
visto el aire, chico? -el anciano deslizaba sus palabras, en un tono suave que
se fundía con las llamas.
-¿El aire? El aire
no puede verse, no es visible, ¿no? -respondió el joven, extrañado por la
pregunta.
-Invisible, ¿eh?
Eso es lo que te enseñan, ¿verdad? Un montón de moléculas de diversos tipos que
se hayan flotando por aquí y por allá -el anciano aclaró su garganta y respiró
profundamente, relajado-. Tienen razón; a medias.
-¿A medias? -el
joven interrumpió al anciano. Éste se echó hacia adelante en su sillón,
cruzando los brazos y apoyándose sobre sus piernas.
-Sí, sí... A
medias. ¿Alguna vez te has dejado empujar por el viento? -el joven asintió-
Bien, bien... ¿y alguna vez te has parado a observar como éste mece a los
árboles? -el joven bajó su mirada, pensativo. El anciano lo observó,
recostándose en el sillón- Todo lo que te enseñen te servirá para diversas
cosas, pero a veces hay que olvidarlo todo para aprender algo nuevo; o para
poder ver algo que antes no eras capaz de ver.
El anciano respiro profundamente de nuevo; el joven
esperaba, esperando escuchar más, pero el anciano dirigió su mirada al fuego de
la chimenea y no dijo nada más.
-¿Qué tiene de
interesante el fuego? -preguntó el joven, tras unos minutos de espera.
-¿Tiene que tener
algo interesante? Obsérvalo. Deja que la imagen de las llamas entre en tu
mente; siente su calor. Observa cómo su color varía; crece y muere una y otra
vez. ¿Qué ves?
-Yo... pensando en
eso, veo un Fénix -respondió el joven, tras pensarlo unos segundos.
-¿Un Fénix? Tienes
una vivaz imaginación ¡y eso está bien! -asintió el anciano-, pero a veces para
ver algo invisible tienes que tratar de ver lo que es visible. Yo veo fuego, y
también veo cómo el calor que desprende distorsiona la visión. ¿Te has fijado
en eso? -el joven negó- El aire es algo similar, pero más complicado de ver;
tienes que fijarte muy bien sin pensar, sólo viviendo el momento en el cual
trates de verlo. ¿Recuerdas el mecer de los árboles? Si eres capaz de
despojarte de lo que no necesitas y observar cómo el viento los hace bailar a
su ritmo, quizá puedas ver el aire en cada movimiento -el joven observaba el
fuego; se dio cuenta del efecto de distorsión que producía el calor de las
llamas-. Si lo intentas, no podrás lograrlo la primera vez. Seguramente tampoco
la segunda, pero eventualmente, cuando por la práctica aprendas a ver y dejes
de sólo mirar, podrás ver el aire. Podrás ver lo invisible.
El anciano respiró profundamente y cerró sus ojos. El joven
entendió entonces que ese era el final de la conversación. Se acercó a la
chimenea; el fuego comenzada a atenuarse y quería notar ese efecto del calor
desde más cerca. Salió entonces de la sala para tras unos minutos después
volver a ella con una manta verde oscuro con motas de diferentes tamaños de
color verde claro con la que cubrió al anciano, ahora dormido. Cuando salió por
última vez de la sala, la llama era tenue; ella también tenía sueño, así que se
dejó llevar por la tranquilidad de la noche y cerró sus ojos.