26 jun 2014

Clavel

-Bonito día, ¿verdad? -dijo él, sin tener ni idea sobre lo que diría después.

La tensión se palpaba en el ambiente. Ella estaba tan nerviosa como él y ninguno de los dos sabía qué decir. Cualquiera que los hubiera visto hubiera podido imaginar perfectamente lo que sucedería.

La escena era poco original, chapada a la antigua: un parque. Un parque tranquilo, con un diminuto lago donde podías ver alguna rana saltar, rodeado de árboles. Un parque prácticamente abandonado, donde la naturaleza se había asentado al no ser víctima del roce de la mano humana. Allí nunca había nadie, excepto ahora. El cielo estaba despejado, con alguna nube pintarrajeada, como si hubieran dado pinceladas de forma aleatoria en un tapiz. Un viento suave mecía las hojas de los árboles y las flores, algunas solitarias y otras en comunidad.

-Sí, es un buen día. -dijo ella, pensando que tenía que decir algo.

Ambos se miraron durante un segundo, e instantáneamente sus miradas volvieron a huir. A cada segundo el nudo en la garganta por las palabras que se morían de ganas por salir se hacía más grande.

-Ese parece un buen sitio, ¿nos sentamos? -dijo él, señalando un árbol que crecía justo al lado del pequeño lago.
-Sí, claro. -respondió ella.

Se sentaron el uno junto al otro, aprovechando la anchura del tronco y un espacio lo suficientemente amplio libre de raíces.

Él suspiró; respiró hondo. Ella le miró.

-Esto me está poniendo de los nervios. No me gusta.
-No hay razón para estar nervioso. Estamos juntos, ¿no? No deberíamos temernos entre nosotros...
-¿Me temes? -él la miraba fijamente.
-No, no es eso lo que he querido decir... -intentó buscar las palabras para explicar lo que sentía, pero el la calló tomándola de la mano.
-Yo sí tengo miedo. Tengo miedo de perderte. Tengo miedo de no ser lo suficientemente bueno, de hacerte daño...
-No tienes por qué tenerlo. -dijo ella
-Pero lo tengo. Y no hay manera de que deje de pensar en... -no pudo continuar.

Ella le besó. Al principio él no supo cómo reaccionar, pero cuando se dio cuenta de lo que sucedía cerró los ojos y se dejó llevar. El tiempo que pasaron, labio junto a labio, les supo a eternidad.

-Yo también tengo miedo, ¿sabes? No te creas especial por eso -dijo ella, en tono burlón-. Pero, ¿sabes qué? Me gusta sentir ese miedo si puedo combatirlo teniéndote conmigo.

Él no supo qué decir. Sus dedos seguían entrelazados. Al final, lo único que pudo hacer es abrazarla.

-No quiero que este momento acabe nunca. -le susurró al oído.
-Tonto, claro que acabará. Y también vendrán mejores. Y los que no sean buenos, los enfrentaremos juntos. -le respondió ella, acomodándose entre sus brazos.

Cuando se separaron, él vio lágrimas en los ojos de ella. Lágrimas que escondían una sonrisa sincera. Con sus pulgares secó sus ojos y entonces la besó. Las palabras ya eran innecesarias.

El tiempo pasó presto. Cuando se dieron cuenta, el Sol se había escondido y la Luna asomaba por el horizonte. Juntos, de la mano, se marcharon del parque andando lentamente. El hueco del árbol se quedó vacío, con una marca de hierba aplastada como recuerdo. Una de las ranas que antes saltaba ahora estaba posada en un nenúfar, observándolos mientras se marchaban. Cuando desaparecieron, el pequeño anfibio se zambulló en el agua, ahora brillante por el reflejo de la Luna y las estrellas. El parque recuperó su soledad, con el viento como único morador, el cual posó en el hueco del árbol, ahora vacío, una semilla de clavel.

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