21 jun 2012

Reflexiones de una sombra

Sé que esto puede parecer estúpido, pero, ¿quién soy? 

Llevo vagando en las tinieblas desde que recuerdo tener uso de razón. En cuanto veo una luz y la persigo, esa luz no hace más que huir... nunca la alcanzo. 

Estoy cansado de tanta oscuridad... pero tampoco me voy a rendir. De nada me va a servir quedarme quieto, ¿no? 

Pero ahora me pregunto, ¿qué he de hacer para poder alcanzar esa luz, qué necesito aprender para lograrlo?


O, mejor, ¿cómo puedo convertirme en luz?


Es hora de comenzar a retorcer la oscuridad.

11 jun 2012

Caperucita Sangrienta


                                               Caperucita Sangrienta

Hace no mucho tiempo, en una galaxia muy, muy cercana, casi tan cercana como que es la misma en la que vivimos, vivía una joven, adolescente, de no más de dieciséis años, con su querida madre y su muy querido padre, en una mansión construida en una planicie cercana a un bosque inmenso.

La madre, Clotilde, era una sanguinaria asesina estadounidense que acostumbraba a matar lenta y dolorosamente a sus víctimas. El padre, Rukov, era un antiguo militar ruso que disfrutaba automutilándose. Éstos dos se conocieron de una forma un tanto peculiar: a Clotilde la mandaron a asesinar a Rukov. Ésta se puso con su habitual tortura, pero a Rukov le gustaba. Teóricamente, Rukov ahora mismo está muerto, cuyo cadáver está en paradero desconocido. Pero realmente, no es así, ¿verdad?

Éstas dos almas sanguinarias tuvieron una hija, Dorothy. Fue criada en un ambiente lleno de gritos, sangre, dolor, muerte, agonía, desesperación y placer. Desde pequeña, ella se interesó por las torturas con cuchillos, tales como desollar o simplemente ir haciendo cortes por todo el cuerpo.

Bueno, menos descripciones y a la historia: La cosa es que un día mandaron a Dorothy un recado: tenía que llevar una cesta con “cositas” para su abuela. Mientras le daba su padre la cesta, Clotilde le daba latigazos en la espalda. La joven aceptó a regañadientes, pidiendo torturar a la próxima alma en pena que cayera en la trampa de la tienda de lavadoras.



Dorothy salió de su casa con su preciada capucha roja y su capa y se adentró en el bosque, donde estaba la casa de su abuela. Pero no podía ser todo tan fácil. Algo la acechaba. Algo la llevaba persiguiendo desde poco después de que se adentrara en el bosque. Algo horripilante, tenebroso…

Era un hombre lobo. Pero no un hombre lobo cualquiera, era EL Hombre Lobo. No era mucho más grande que Dorothy, y tampoco aparentaba ser muy peligroso, que digamos. Le pidió a Dorothy que le diera la cesta, pero ella no aceptó. Más bien, le propuso un trato: si él llegaba antes a la casa de la abuela, que no era muy desconocida para nadie, le daría la cesta. Y si no, simplemente se iría. Él aceptó el trato, y eligió el camino más corto hacia la casa. Dorothy, riéndose, se puso a recorrer el camino más largo a paso de tortuga.

Como era de esperar, el lobo llego antes a la casa de la abuela, y se tiró horas esperando, hasta que decidió aprovechar y utilizar su fuerza física para comerse a la abuela y luego comerse a la joven Dorothy.

Más tarde llegó la joven de la capucha a la casa. Entró, riéndose tranquilamente, y se rió más cuando vio al lobo atado de pies y manos en uno de esos típicos instrumentos de tortura. La abuela estaba afilando unos utensilios de cocina, los cuales pretendía utilizar para trocear al pobre can. Cuando Dorothy le dio la cesta, la abuela dejó los cuchillos y la abrió: vísceras. La abuela era caníbal, y esa era su cena. El lobo acababa de ser salvado, y le debía la vida a una torturadora sadomasoquista, pues resulta que también seguía un código de honor.

Resulta que, después de unas horas de torturas al lobito, otro ser se acercó a la casa. Resultó ser un cazador. Pero no un cazador cualquiera…

Era un streaper. La abuela le había contratado por teléfono para alegrarse la vista un rato y después comérselo, pero ella ya tenía su cena, así que dejó que el streaper hiciera su trabajo y se fuera… pero se olvidó el hacha (una tomahawk) en la casa, y a la abuela le pareció una falta de educación, así que le pidió a Dorothy que se lo cargara.

Dorothy cogió el hacha y se lanzó en la busca del streaper.

No tardó mucho en encontrarle, y tampoco era muy difícil acecharle desde los matorrales, así que aprovechó y se puso a observarle. Resulta que ese cazador sentía una especie de “atracción”… por los árboles. Dorothy no pudo aguantar la imagen, cogió la tomahawk y se la lanzó a la cabeza. Pero no a la cabeza pensante… el cazador murió desangrado.

Y así, Dorothy con su nueva mascota, la abuela con su cena y la pareja de sadomasoquistas con sus sesiones de tortura diarias, vivieron felices y desplumaron perdices.