Abres los ojos. Estás en el mismo lugar en el que estabas antes de cerrarlos, pero lo notas distinto. Ya no está a tu lado.
Te levantas, preguntándote donde puede haberse metido, con un nerviosismo creciente. ¿Dónde estás, preguntas al vacío a tu alrededor, por qué te escondes? No obtienes respuesta, justo lo que esperabas.
Echas a andar en una dirección, la primera que se te ocurre. Das un paso detrás de otro, observándolo todo, cada detalle, esperando encontrar una pista que te indique hacia dónde ha ido. Escuchas una voz lejana que no logras reconocer. Te acercas a ella, tratando de entenderla mejor, de reconocerla si cabe.
Y te das cuenta de que está ahí, frente a una tiendecita, comprando algo que a ti antes te había llamado la atención pero has dejado de mirar porque no tenías suficiente dinero para ello. Te acercas, le pones la mano en el hombro y, al girarse, te pone ese colgante que para ti dejará de serlo para convertirse en algo muchísimo más especial.
No puedes sino darle un abrazo, dejando todo lo demás al azar. No puedes sino cerrar los ojos de nuevo.
Abres los ojos, de nuevo. Estás en el mismo lugar en el que estabas antes de cerrarlos, antes de levantarte a buscar ese sueño que tanta alegría te supuso; pero ahora no hay nadie comprándote nada ni esperándote, ahora estás tú y solamente tú. Nadie te busca, nadie te espera, nadie resulta ser una razón por la que cerrar los ojos, nadie va a servirte de apoyo para que puedas aprender a volar.
No hay nadie ahí, contigo; pero, ¿te imaginas que lo hubiera?
No hay comentarios:
Publicar un comentario